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viernes, 4 de septiembre de 2015

Instantánea. Por Alicia Susana Gómez


…en una playa, de tantas
han tomado una instantánea
que conmovió al mundo
pero cuántas imágenes se precisan
para humanizar la humanidad?





domingo, 19 de abril de 2015

Instante. Por Alicia Susana Gómez





Se mueve como una muñequita. Los brazos hacen gestos con las manos en alto. Danza, girando sus zapatos apoyados sobre la madera. Tiene la gracia de la niñez y la soberbia de quien ignora que el tiempo pasa, pasa y no vuelve. La miro y me deleito. Me alegra que mi niña se sienta una estrella en el escenario improvisado de la mesa de la cocina… Pero esta ventisca, que penetra por la ventana anunciando la lluvia, se parece a una nube que oscurecerá este momento y lo transformará en un instante, tan breve, como el de una vieja fotografía.

domingo, 16 de noviembre de 2014

En el sendero estrecho. Por Alicia Susana Gómez



En el sendero estrecho de la vida,
hallarás mil escollos, mil censuras.
Obstáculos
puentes levadizos
que no alcanzas trepar.
Si estás cansado,
levantarás la cabeza
verás
un edificio obscuro
un agujero
y al final del camino
una muralla que parecerá
de altura eterna.
Un pozo ciego
más profundo que el mar.
Sin embargo,
tus fuerzas, el deseo, serán dueños
de andar.
Encontrarás las formas de otros pasos
con horizontes bien iluminados.
Hallarás las salidas
del intrincado laberinto
de tu tiempo.
Pintarás luz, colores.
No olvides dejar huellas
para que otros transiten
más seguro
En el sendero estrecho. Por Alicia Susana Gómez
lo andado.

viernes, 31 de octubre de 2014

Aquella primera vez. Por Alicia Susana Gómez




Cuando era niña, danzaba en el patio de casa sin música alguna. Como única espectadora, la bóveda celeste, brillante de estrellas y una luna llena que obraba de reflector.
Me creía etérea, sin peso ni volumen. Unos brazos seguros me asían con tal firmeza que podía contornearme a mi placer sin pisar tierra, sin necesitar suelo. Podía volar en el aire que olía a jazmines. Sentía ese otro cuerpo tan real, que podía palparlo y lanzarme hacia él con la certeza que no caería. 

Pero esa noche, las rústicas baldosas aparecieron entre mi ensueño, cuando noté que mis rodillas sangraban. Aquella primera vez me di cuenta que, en soledad, nada se puede. Así que, la segunda, busqué ser alguien más en un grupo de ballet.

miércoles, 29 de octubre de 2014

No pretendas que crezca. Por Alicia Susana Gómez


No pretendas que crezca:
Tómame o déjame
tal como soy:
vulnerable, imperfecta, impredecible
aún para mí.
No me sueñes hundida
en tu ideal:
Los tengo propios.
Soy lo que fui.
Seré
quizás lo que nunca
o lo de siempre.
¿Qué queda de lo andado?
Tu ser en mí
Y, tal vez,
yo en tu piel.


jueves, 23 de octubre de 2014

Estatua en la lluvia. Por Alicia Susana Gómez




Es sólo un vago recuerdo. Formé, durante siglos, parte de una montaña. Cuando mi cuna se formó, no existían los seres vivos. Así les llaman. Mucho menos los humanos. Hace cuarenta años, un escultor pidió un trozo de granito e, informe, aparecí en su taller. Éso sí lo recuerdo. Durante mucho tiempo, giraba a mi alrededor y me observaba. Yo no sabía para qué. Luego, con cinceles y martillos, fue quitándome partes hasta descubrir en mí una mujer, posada sobre un pedestal. Desde entonces, sólo entonces, tengo memoria, sentimientos y algunas sensaciones.
Él escribió sus iniciales cuando hubo terminado de moldearme. Nunca lo olvidaré, a pesar de que no volví a verlo. Le debo esta vida. Esta forma de vida que, aunque nadie lo sepa, es tan especial. Sé que si hubiera podido, me habría dotado de movimientos. Y me habría gustado porque a todos los que me ven dicen que estoy bailando y yo sé que no se puede bailar sin cambiar de postura.
Apenas creada, fui trasladada a la plaza central de un barrio en la ciudad. Hace unas semanas, alguien puso a mi alrededor unas horribles rejas lo cual impide que la gente me palpe, como lo hacía antes. ¡Me gustaba tanto! Por eso esta tarde me induce a evocar. 
Conozco a todos los que frecuentan esta plaza. Aquel adolescente, que miraba asombrado, envejeció y, sin embargo, no deja de sentarse en el banco de enfrente para contemplarme. Viene con un niño que juega en el arenero mientras él medita, con su bastón en la mano. Hoy llueve. Extraño su presencia.
Desde mi pequeño cuadro de visión, pasan las personas que son conocidas. ¡Es tan pequeña esta comunidad! Aquí, la mujer que lleva un fardo de cartones y se cubre con él para no sentir frío, sensación que no tengo, y ella padece verano e invierno.
Allá, la joven de cabellos al viento, chorreando aguacero, que sacude la cabeza, gozosa. Me gustaría tener sus dotes, ya que mi pelo es una masa dura con formas de rulos que no se despeinan.
Detrás, la niña que se quitó las botas para llenar sus pies de barro, hundiéndose en los charcos.
Ahora la anciana, a quien también conocí siendo joven y sé que ahora está sola. Trata de protegerse con un viejo paraguas. Pero, el paso del tiempo, hace que le tiemblen las manos y no le sirve. Quisiera ser como ella. Sus arrugas señalan que ha vivido. Huellas de vida lleva prendidas en su cuerpo: De risas, de llantos. Cicatrices y heridas de vida... Cuando la conocí, pasaba con un joven que no volvió. Después, ella usaba un pañuelo blanco. Sí aún lo lleva.
Por eso no me agrada la lluvia. Sólo puedo saber que mi imagen se vuelve gris. Gris que desaparece cuando el sol me ilumina o la luna engaña. Sé que es el único cambio que el pasar del tiempo me da. Yo querría que me fuera modificando como les sucede a las personas, más rápidamente. En cambio, sólo se irá desgastando mi exterior, tan lentamente, que seguiré viendo generaciones ante mí, impertérrita, inmóvil, incapaz de hacer. Es tal mi impotencia, desde que tengo formas de mujer, que quisiera que alguna pandilla nochera que fuma y bebe en la plaza, en lugar de dañarse, me destruya y me vuelva montaña, montículo, montón de granito inerte, como ahora, pero sin sentimientos, como fui antes.

martes, 21 de octubre de 2014

Vencerán las más claras. Por Alicia Susana Gómez




Vencerán las más claras
golondrinas
que sin patria
recrean la bandada
y retornan en lucha
de alto vuelo
por sembrar una especie
que no extinga.
Vencerá la insistencia
la esperanza
que sostiene el camino
aún sin líder.
El relevo es ofrenda para el Todo
y la arenga
de la letra final
y la de inicio
se escribe con victoria.

jueves, 16 de octubre de 2014

Emerger. Por Alicia Susana Gómez



Solía ser quien llegaba antes a la superficie. Tomaba aliento. Veía la costa. Encontraba las cuerdas que le tendían. Pero no las asía porque no deseaba salvarse dejándolo atrás.
Entonces retornaba a las tinieblas del medio barroso, con la esperanza de ver la luz, tomar su mano y conducirlo hacia ella.
El problema surgía cuando era ella quien necesitaba encontrar su mano. Estiraba los brazos, daba las señales, se ahogaba, quedaba completamente ciega... Pero no hallaba nada.

Cierta vez tocó fondo. Pidió, suplicó, necesitando aliento... Nadie respondió. Entonces tomó fuerzas. Nunca supo desde cuál de las reservas las halló, pero ahí le surgieron.
Eran fuerzas desmedidas, irracionales, tempestuosas, inmanejables, maravillosas... Y supo usarlas.
Comenzó a subir. Eran tan poderosas que arrastraban con ella todo cuanto amaba...
Se sorprendió en tierra firme. Nada le faltaba. Estaba intacta. Tenía todo lo que creyó perdido... Sólo que él no estaba.
Se arrojó como tantas otras veces. No podía dejarlo. Se hundió hasta el ahogo. No le importaba. No quería salvarse abandonando. Lo buscó hasta la desesperación. Cuando penetró el fondo, exhausta, pensó entregarse así.
Fue en ese momento que, en la quietud de las aguas, a pesar de lo turbio, vio la costa. Estaba allí de espaldas, alejándose. En sus manos llevaba su equipaje, el mismo que ella había rescatado.
Esperó que notara su ausencia, que la necesitara, que se diera cuenta que portaba algo que no era suyo, que escuchara el llamado... Y partió raudamente, con el mismo silencio con que vivió a su lado.
Cuando creyó que nada podía rescatarla, se sintió transportada. Era una sensación placentera. No requería de su esfuerzo pero la revivía. Aunque no daba nada, recibía. Sin buscar, encontraba. Por primera vez, no tuvo que hacer y hacía. Sin soñar: Era...
Se sacudió los últimos vestigios del recuerdo. Miró a su alrededor y no halló nada más que su historia. Sin embargo no sintió peso alguno: Un alivio desconocido la embargaba. Por primera vez no se reclamó volver a hundirse. No la necesitaba y comprendió que siempre fue prescindible. Y no pesó. La cuenta estaba saldada. Emergía... decidió no repetirse... Emergía... no tenía nada que salvar... Emergía.

Noches eternas. Rumbos perdidos. Esperas. Desilusiones. Diez. Nueve Ocho. Siete...
Reclamos. Silencios. Pérdidas. Seis. Cinco Cuatro...
Desvalor. Negación. Vacío...Tres. Dos. Uno...
Locura... Cero.
Uno. Dos. Tres... Impulso de vida. Descubrimiento. Revelación.
Cuatro. Cinco. Seis... Soltura. Palabra. Vivencia.
Siete. Ocho. Nueve... Resolución. Vida. Posibilidad.

Diez... ¡Emergía!

miércoles, 15 de octubre de 2014

Es hora. Por Alicia Susana Gómez





Es hora que te nombre
amor, amigo, amante
Compañero
que a veces en silencio
otras con la palabra
estás en un costado acompañando
mi travesía de vida.
Porque el tiempo nos pasa
y a pesar que mutamos
tu presencia
pervive sin espacio
en los soles radiantes que dibujas
si asola una tormenta.
La coraza que visto ante los otros
se transparenta a la luz de tu mirada
y el desnudo resulta
descanso para el alma.
Y se que no te importa
si valoro saberte
tendiéndome una alfombra
para que ande entre piedras
o por capricho olvide
que te diga que cuento
sin cuenta
con tu alma en ofrenda
solidaria.

domingo, 12 de octubre de 2014

Los colores de Pacha Mama. Por Alicia Susana Gómez



Dedicado a mis alumnos de todos los tiempos

Cuentan las leyendas que, en tierras de América, vivieron hombres y mujeres por casi diez mil años. Si bien tenían costumbres diferentes, eran iguales al resto de la humanidad: Creían que su paso por la vida tenía el sentido de ser gozada; cuidaban de sus hijos y de sus pueblos; se relacionaban con la naturaleza de tal manera que la llamaban “Madre”.
     Como los buenos hijos, la respetaban y se mostraban agradecidos. Trataban de comprender su delicado equilibrio. Algunos la llamaban “Pacha Mama”.
     Como una buena madre, la naturaleza les ofrecía alimentos, cobijo, y les permitía que fueran aprendiendo a vivir resolviendo por sí mismos.
     Cierto día, recibieron la llegada de otros hombres desde lejanos confines. Se alegraron de ese encuentro como quien recibe en su casa a los amigos. Así fueron llegando cada vez más visitantes...
     Pacha Mama fue la primera en darse cuenta que traían en su equipaje una peligrosa carga: la ambición y la discriminación.

     Dice el mito, que Pacha Mama los reunió en un bello amanecer. Hizo que los diferentes hombres se miraran. Pidió que descubrieran sus colores en los otros. Que los vieran mezclados entre sus hijos. Que observaran que eran los mismos colores de su madre, la Naturaleza.
     Dicen que fue ese día que Pacha Mama habló por única vez. ¡Querrán saber qué dijo! Entonces, escuchen con atención. Con ese tono de voz pausado que sólo tienen las madres cuando enseñan a sus hijos, dijo con voz muy firme:
_”Sólo los hombres sabios llevan en el alma el arcoiris

viernes, 10 de octubre de 2014

Corralero. Por Alicia Susana Gómez


Corralero, Amigo mío, una vez más, “haga pata” a mi nostalgia. Como lo hizo desde que era pibe, cuando mi viejo, tano de ley desterrado, lo sacó de la casa de empeños con el primer jornal y me lo dio el día que estrenaba los largos. En aquel baile del patio del conventillo donde, en los treinta, comulgaban los judíos, los gallegos y algún porteño mamao nos dieron la bendición con un aplauso sentido. Esos gringos que, de a poquito, se fueron haciendo “nuestros”. Nos pedían que animáramos las nochecitas de Luna, estrelladas con la esperanza que les daba esta tierra cuando prometía, en el futuro, los sueños que embalijaban.
¿Se acuerda de aquella mina? ¿La del bulo de La Boca? ¿La de labios carmesí y  cinturita  vibrante, tan igualita a su fueye? Hoy quiero escribirle un tango. Pintarla en su melodía. ¡Un tangazo, Compañero! Chamuyemos, como entonces, cuando la piba escuchó aquella serenata que dimos debajo del balcón, en la esquina del cafetín del rioba. Había un viejo farol que, apenitas, alumbraba. Y ella, por pura envidia, nomás, se largó bailando sola en medio de la vereda. ¿Recuerda? ¡No se notaba que no tenía pareja! Y esa vecina embromada con lo bigudíes puestos llamó al botón de la esquina. Pero sus medias de seda que asomaban por el tajo del vestido nos dejaron prendados...  

“Como el  gotán, era linda,
milonga, su ritmo, andando
y un balsecito, su vientre
cuando en el catre gozaba
bajo el compás de mi amor.
Tenía la voz cansina
como le pasa ahora a usted.
Y un rictus que, parecía
junado con su equipaje:
que era sólo una bolsita
raída de tanta noche
de pieza en pieza
solita...”

Usté  y yo somos lo mismo: Está fundido en mi cuerpo y su esqueleto es el mío. También los dos la lloramos la madrugada en que nos dejó la estela de su perfume flotando en el aire de la pieza.
Saque, de mí, los recuerdos. Póngale usted su cadencia. Afínele un ritmo lungo que no apriete demasiado, pero que parezca un silbido que salga del adoquín del Buenos Aires de antaño.

    ¡Vamos, métale, Amigazo! Que, yo solo, ya no puedo. ¡Quiero un Tango, como ella! ¡Dibújemela tal cual! 

miércoles, 8 de octubre de 2014

Cuando cree. Por Alicia Susana Gómez



Cuando cree
que todo es pertinente
y es el héroe,
la mágica doncella,
un corcel llegará a tocar su puerta.
La suerte tan soñada
como en una película
de los años dorados
delineará en sus labios
sonrisa dibujada.
Pero alguna bocina
tal vez una sirena
o el timbre agudo del despertador
sacudirá su cuerpo
trepará a la rutina
del café a la apurada
girará cinco veces
el mismo molinete
y soplará el viento
de un suspiro en el cuello
del pasajero
que nunca lo miró.

domingo, 5 de octubre de 2014

Adolescer. Por Alicia Susana Gómez




Hoy tuve mi primera regla. Mamá me dio un montón de instrucciones. Yo ya sabía todo eso. Igualmente estaba muy asustada. Martín no debe enterarse. Pero cómo haré para no entrar a la pileta sin faltar a clase. Él va a sospechar y me dará mucha vergüenza. Si no, sus amigos se encargarán de decírselo. ¡Esos amigotes! No los soporto. Son tan burlones y pedantes. Martín no es así conmigo pero cuando se junta con ellos se transforma y ahí deja de gustarme. Papá no lo sabe pero somos novios. Bah, lo que se dice novios no pero ya nos dimos un beso así que es como si estuviéramos comprometidos. No podemos besar a nadie más. Como Julieta, mi mejor amiga. Ella se besó con Mariano y sonó. Ya no podrá hacerlo con ningún chico a pesar de que él no le dio bolilla nunca más. Pobre Julieta: quedó estampada para siempre. Porque Mariano lo desparramó a los cuatro vientos. Pero no podía guardar el secreto: ella lo sabía y eso era suficiente. La Hermana Carmen nos dijo que no estaba bien besar a un chico así nomás. Había que casarse antes, pedirle permiso a los padres primero. Eso es historia antigua, de la época de la Hermana Carmen. Ahora todos se dan un beso antes de casarse. Lo veo en la tele, a cada rato así que se ve que las costumbres cambian. Lo que me preocupa es el tiempo que tiene que pasar para casarme con Martín. Saco las cuentas: Ahora tenemos once años, tendremos que esperar a ser mayores. A los diecisiete, más o menos. Porque mamá y papá se casaron ya viejos: tenían veintidós. Volviendo a mi estado ¡Qué molesto es ésto! No puedo ni caminar con esa cosa entre las piernas. ¿Qué pasará cuando quiera subirme a la bicicleta? Seguro que se correrá y pasaré el papelón del siglo. ¿Podré andar en bicicleta o me hará mal y tendré una hemorragia que hará que me tengan que llevar al hospital? No le puedo preguntar a Julieta porque todavía no le pasó. ¡Pensar que aún así no podrá volver a tener novio! A no ser que se mude de barrio y sea tan lejos del nuestro que nadie sepa. Pero como dije antes ella lo sabe y esa es su perdición. En fin querido diario, ésta es una fecha importante para mí y quería escribirlo: Ya soy adolescente. 

viernes, 3 de octubre de 2014

Porteña primavera. Por Alicia Susana Gómez





…entre basura hedionda
salgo a recorrerte
ciudad sin aire
pegajosa
atestada
suspiro la última
ración oxigenada
bajo el árbol
en resistencia
de una vereda
halitosis de dragón
penetra mis alveolos
quema cada fonema
que se impone
calla el grito
desgarrador
y se vuelve fuego
el juego
de este amor airado
que te rindo
malosaires.

miércoles, 1 de octubre de 2014

No estábamos solos. Por Alicia Susana Gómez



¿Cuántos años pasaron? ¡Más de medio siglo! Pero, soledad, soledad verdadera; certera soledad; la que te aprieta el pecho negándote el plañido que alivie el dolor; la soledad colmada de opresor, que te impide el letargo que embriaga del dulce vino de la melancolía; que no deja crecer; que te hunde en el barro del espíritu... ¡ésa, recién ahora, Flaco! Ya sé que lo sabés mejor que nadie. ¿Será por eso que estoy aquí, de nuevo, de rodillas, como cuando tenía el flequillo cubriéndome la frente y el jumper , las rodillas? Igualmente Te veía, sin que vieran qué miraba, y levantaba el uniforme con el cinto, apenas traspasaba el umbral que separaba a las monjas del mundo de los vivos. Pero ¡vos te acordás! Dialogábamos tuteándonos, aunque fingiera leer la estampita que te decía: “Os pido...” adelante del cura. Y, Flaco, entonces, no te llamaba así, pero daba lo mismo, nos entendíamos. Además, Te tenía. Tuve viejos amantes que no sabían que los escuchaba por las noches. El delantal blanco de la escuela con nísperos. El compañero de segundo, ése, Guillermito, el único que permitía que me deshaga las trencitas. Estaba la vereda de rayuelas, muñecos, minúsculas tacitas, sulkiciclo, bolitas y pelota de fútbol de medias rellenas. Yo atajaba mejor que el gordo de enfrente pero, como era mujer... Tuve charcos de las lluvia, pies descalzos y zapatos bienguardados para entrar a la casa. Los sábados, desperezando con los clásicos del piano de mamá. Las madrugadas de rondas de guitarra en la terraza; hasta que aprendí a sortear las vigilias paternas para hacer que me robaran un beso, en un banco de plaza, con el traste mojado de rocío. Después, el alboroto de las “pasaditas” de los abuelos y el olor a dentista del tío, percibido con el primer bostezo y que no se quitaba del aire del domingo, desde la fuente del patio, hasta la tarde. La alquimia de la leche en la cama. El paso sigiloso de mis padres entreabriendo la puerta de nuestro cuarto por las noches, para asegurarse que las niñas ¿dormían? y ganar el permiso del descanso. Nuestras risas, debajo de las sábanas, con la hermanarebelde, que esperaba el retiro, para contarme sus historias profanas, en susurros. Los amigos, los amigos del alma. Mi maestrahermana, que me hacía bailar, inventaba obras de teatro para la función obligada en el comedor diario de la abuela de Floresta, con los primos más chicos, de papel secundario porque nunca aprendían el argumento. ¡Mi amigahermana! que escribió mis versos primeros y supo bienguardarlos. Que cantaba conmigo, la ruta interminable del viaje al campo; rock and rol y boleros, en duelos con los viejos tarareando los temas de sus tiempos de ñaupa. Verano consabido, con Don Antonio y Carmen. Ella y yo, hijas soñadas desde enero hasta marzo, enseñándonos el sabio aprendizaje que fue, sin faltar, a la escuela de vida. Y la espera de amigos y novioamigos, los fines de semana. Que me robaban la admirada modelo adolescente. Pero ganaba primos, hamacas y pileta. Kilómetros de tierra, en las bicis de a dos, asaltando viveros, sembradíos maiceros, casas abandonadas. Mates con poligrillos de vajilla de latas a ¿ocultas de los padres? Íbamos custodiados por los perros vecinos, que aquerenciaban nuestras caricias y los restos de asado, faltante en los inviernos. Aquellas siestas, barriga arriba hinchada de atracón de moras, sobre la frescura de la hierba. La vuelta apresurada, perseguidos por el fantasma del crepúsculo; rezando por que no se notara nuestra ausencia...

 ¿Soledad? ¿Soledadsolitaria? Recién ahora, Flaco: ¡Cuando éramos chicos, nunca estábamos solos!

martes, 30 de septiembre de 2014

El mar. Por Alicia Susana Gómez



El mar
rugido, movimiento
acompaña mi paso.
Con pies desnudos
dejo huellas de espuma y caracola.
Me dejo cobijar por la llovizna
fina y gris.
Es mi otoño.
Melodías en vuelo, las gaviotas
y un pesquero zozobra.
Me expongo en el abismo
percibiendo mi vida.
Medida imperceptible
                            la del tiempo.                         
Un niño
jugando con el viento
tras de mí
sigue mis marcas en la arena.
Su paso es mi pasado:
no tropezará las mismas rocas.
Mesurará su andar
encontrará las flores
que no vi. 

domingo, 28 de septiembre de 2014

La envidia. Por Alicia Susana Gómez




(Basado en el cuento “La honda” de Ricardo Piglia)



Aquel hombre sentía una profunda aversión a los niños. Tal vez habría tenido una infancia dura e infeliz. Nadie supo si pudo desplegar sus fantasías como lo hacen los chicos cuando juegan, o no tuvo la contención de un abrazo en la oscuridad de una pesadilla. Lo cierto, es que decía que a él no podrían engañarlo cuando mentían aparentando inocencia o burlándose de todo. 

Una tarde de domingo, su patrón decidió que trabajen juntos en un depósito donde se almacenaban objetos de metal.

Mientras caminaban hacia la zona de los galpones, un coche con altoparlantes anunciaba propagandas. El ruido acalló las voces de una pandilla que, amparándose en el día feriado, se dedicaba a juntar descartes de hierro para arrojar con sus hondas. Cuando doblaron un paredón, el sonido se atenuó y los adultos pudieron escuchar sus gritos y risas. 

Al darse cuenta que iban a ser descubiertos, los chicos trataron de ocultarse entre las chapas. De todos modos, ya era tarde. Inventaron excusas, pero fue en vano. El patrón los encaró, arrojó las hondas en un foso y, para darles una enmienda, los obligó a trabajar duramente bajo el sol.

Así lo hicieron durante muchas horas. El más fornido, ayudó en la tarea al eterno enemigo de los menores. Realizó la labor manteniéndose a su par y sin descanso. 

Confiado, el muchacho se atrevió a preguntarle si podía colaborar para recuperar su honda. Éste, mintiendo complicidad, le respondió que el castigo no dependía de él. 

El hombre observaba el cuerpo musculoso sudando por el trajín. Dedujo que era el líder del grupo porque miraba, de vez en cuando, a sus compañeros. Creyó que lo hacía para que mantuvieran la calma, a pesar de la rudeza que fueron sometidos. Le molestaba que aquello lo hiciera sentir culpable. 

No obstante, movido por su profunda envidia, decidió fingir que consideraba su pedido. Planteó que tiraría un martillo al pozo donde se hallaban las hondas y, con la excusa de recogerlo, el otro podría recuperar la suya.

El joven, confiado, se arrojó al foso en el momento pactado. Tuvo que hundirse para encontrar la suya y, cuando la guardaba entre su ropa, escuchó, anonadado, que el hombre le gritaba a su patrón denunciando, arteramente, que él la había escondido en su camisa...

jueves, 25 de septiembre de 2014

Era un lugar. Por Alicia Susana Gómez



Aquel era un lugar
donde la vida y muerte
están a un paso.
Y los caminos
de ida y vuelta
se juntan.
Cuando el blanco y el negro
un arcoiris .
La luz y la tiniebla
un matiz.
Y me enseñó
cuál sendero tomar
y cómo andarlo.
Dónde buscar remanso
y cuándo
los escollos saltar.
Me regaló
el lugar más seguro,
el momento preciso,
la medida.

Le robé
las palabras
su decencia
la comunión carnal.

Y fugué
con su imagen,
de mirada escondida,
en abismal silencio
y sin saber
si alguna vez necesitó de mí.